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Golems de Halloween

El Guardian de Arcilla del Gueto de Praga

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Golems de Halloween

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Extracto de audio del capitulo 1 (audiolibro dramatizado)
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El vidrio estalló en un puñado de fragmentos negros. Uno de ellos le mordió la mejilla. Se llevó los dedos a la piel y los retiró cubiertos de una gota roja, brillante como tinta fresca sobre pergamino. Sobre la mesa, el álef que llevaba una hora trazando quedó inacabado, una sola línea, torcida, que nadie terminaría esa noche.

El Abuelo Yankel se levantó de un salto, volcando su banco de trabajo. Tiras de cuero y agujas rodaron por el suelo con un ruido seco. Cruzó la habitación en tres zancadas y estrechó a Léa contra sí antes incluso de haber mirado el agujero abierto en el cristal.

David no retrocedió. Recogió la piedra, todavía tibia de haber estado apretada en un puño, y le dio vueltas entre las manos. Un olor a humo entraba por el agujero del vidrio, acre, distinto al de la madera que arde en un hogar. Olía a paja y a algo peor que la paja.

"¿Quién ha hecho esto?", preguntó Léa, la voz llena de lágrimas pero todavía no de miedo, solo de la incomprensión de una niña ante una maldad sin rostro.

Nadie le respondió enseguida. Yankel pasó un pulgar áspero por el brazo de Léa, buscando un corte, una marca, cualquier cosa que hubiera podido justificar el temblor de sus propias manos. No encontró nada. Ella no tenía nada, solo el miedo al ruido, y eso no tranquilizó al viejo en absoluto.

David, por su parte, seguía sosteniendo la piedra. No tenía nada de particular, un simple guijarro del río, gris y frío, del tipo que se recogía a puñados en las orillas del Vltava para lanzarlo al agua por diversión. Esa noche, pesaba más en su palma que cualquier herramienta de escriba que hubiera sostenido en su vida.

La dejó por fin sobre el banco de trabajo, junto a las tiras de cuero volcadas, en vez de tirarla. No sabía por qué la guardaba. Más tarde se diría que era para recordar, pero esa noche, en el instante, era sobre todo porque sus dedos se negaban a soltarla.

Desde hacía dos inviernos vivía con Léa en el taller de encuadernación de su abuelo, al fondo de un callejón tan estrecho que dos hombres no podían cruzarse sin rozarse los hombros. Sus padres habían muerto de fiebre la misma semana, ese año, y David se había jurado, solo en la oscuridad del cuarto que habían compartido, no dejar morir jamás a nadie que amara. Le llevaba siete años a su hermana. A menudo se comportaba como si le llevara siete años a Yankel.

El viejo encuadernador tenía las manos manchadas de tinta y de cola hasta los nudillos, dos colores que ya no se iban, y una voz que sabía tanto regañar como consolar. Criaba a los hijos de su hijo como quien encuaderna un libro dañado: apretando cada hilo, uno a uno, sin apresurar jamás la costura. El taller olía a cola de piel caliente, a polvo de cuero viejo y, esa noche, a algo nuevo y frío.

David, por su parte, aprendía a trazar las letras hebreas mejor que ningún otro niño de su edad en el gueto. El escriba del barrio, un hombre seco llamado Mendel, decía que su mano nunca temblaba sobre el cálamo, aunque su corazón sí temblara de verdad. Era su único orgullo confesado, la única cosa que sabía hacer mejor que los demás. Todavía no sospechaba que esa misma mano pronto iba a volverlo peligroso, para sí mismo y para todo lo que amaba.

Léa tenía seis años y casi no le temía a nada, salvo a la oscuridad bajo la escalera y a la idea de perder a Botones, su caballo de madera desportillado en el hocico, tallado por un primo que se había ido hacia el oeste antes de que ella supiera caminar. Se pegaba a David como una sombra más pequeña que la suya. Esa noche apretaba el caballo tan fuerte contra sí que la madera dejaba una marca blanca en su antebrazo.

"Quédate con tu hermana", dijo Yankel, confiando a Léa a David. Sus manos, en cambio, ya temblaban al correr el cerrojo de la puerta interior.

Más temprano ese día, antes de que la tarde se torciera, David había sido todavía un muchacho como los demás, sentado en el taburete bajo de Mendel el escriba, copiando líneas de oración sobre retazos de pergamino demasiado dañados para un libro de verdad. Mendel le había hablado, entre dos correcciones, de un tumulto cerca de las murallas, de un hombre que hacía demasiadas preguntas sobre las idas y venidas del gueto. David no le había prestado gran atención. Un escriba de trece años tenía cosas mejores que hacer que escuchar los rumores de los adultos, o al menos eso creía entonces. Ahora comprendía la tranquila necedad de ese pensamiento.

No el paso de un niño que juega, ni el de un mercader que vuelve a casa. Pasos pesados, varios, que golpeaban los adoquines desiguales del callejón con algo urgente y malo en el ritmo. Una voz de mujer gritaba un nombre a lo lejos, una y otra vez, un nombre de niño cristiano que David ya había oído pronunciar durante el día, en la fuente, en la panadería, en todas partes donde las comadres se juntaban a media voz.

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El Guardian de Arcilla del Gueto de Praga

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